FUI A VER “COCO”

Por: Martin F. Mendoza

Tenían razón tantísimos comentarios favorables acerca de la cinta “Coco”. La película está muy bien armada, con muchos recursos que la hacen sumamente atractiva aunque su mensaje fundamental no constituya novedad alguna, al menos para el que esto escribe: solo existen dos dimensiones que cuentan, el recuerdo y el olvido. La primera signifca la vida eterna en independencia de creencias y religiones, la segunda es la nada, ello a pesar de haber sido alguien o algo con anterioridad. He ahí tal vez la más pesada, la más fuerte de las verdades alrededor de las cuales se desarrolla la existencia, la nuestra y la de los que nos rodean.

Como no presumo de crítico de cine, y en realidad encuentro a no pocos de estos como mistificados merolicos, no me interesa hablar de la película tanto como reflexionar acerca de su idea central. En mi muy modesto review sobre la cinta solo pudiera decir que su colorido, y los planos en que este se presenta son bastante seductores, muy adecuados para la temática cósmica que aborda. Por otro lado, es tierna, simpática, chusca, acaso por momentos abusa de los clichés, pero si entramos a una taquería, encontraremos todo tipo de tacos, ¿qué no? Ello para ponerlo en términos relacionados con el muy mexicano ambiente que Coco presenta y enaltece.

Volviendo a lo que me interesa más, el hecho de que para mí el tema no sea nada nuevo, no significa en modo alguno que no celebre que este nos sea recordado cada vez que sea posible vía cualquier tipo de expresión artística, como en este caso el cine. Más aun cuando se envuelve en una forma tan encantadora como lo hace Coco.

En realidad la evocación a los nuestros es no solo amor o afecto, es cultura, es Historia, es identidad. Pero la remembranza como la remembranza por si sola llegara únicamente hasta cierto punto o momento. El recuerdo se cultiva, se trabaja, se alude, se transmite, de otra forma simplemente se desvanece tarde que temprano. Coco plantea la fotografía, elemento de la parafernalia del Día de Muertos, como la clave para ello y eso me encanto. En la vida tenemos que dejar la pereza, la desidia, la indolencia y construir altares a lo y a los que consideremos nuestros. Al que poco le importa todo esto, podrá decir que con la memoria individual basta, que “cada quien lleva a sus muertos por dentro” y otras simplezas parecidas, pero eso es cortedad de miras en el mejor de los casos o llana flojera en el peor. En realidad detesto los desplantes minimalistas cuando de nuestra identidad y de nosotros mismos se trata, porque no debemos equivocarnos, honrar a nuestros ancestros es honrarnos a nosotros mismos, y por cierto, honrarlos tampoco significa dejar de reconocer sus equivocaciones.

La ofrenda tendría que generalizarse en nuestros espacios y tiempos, cobrando muchas y diversas formas que nos recordaran, y sobre todo recordaran a los pequeños Migueles a nuestro alrededor, de dónde venimos para así poder tener un poco de más claridad respecto de hacia dónde vamos.

En suma, los Altares de Muerto son altares a nosotros mismos y a nuestros hijos. Pobres de aquellas almas que no lo entienden.